Este post fue escrito y previamente publicado en el Especial Mundialista de @Alquimista219, bajo el título de Alemania

Cada vez que sale una película basada en algún libro famoso, en una serie de televisión, o – ahora que estamos en la época de los remakes – en otra película de hace décadas, es común encontrar por todas partes hordas de críticas a la adaptación. Que se perdió la esencia del libro, que la personalidad de los personajes fue desdibujada, que faltaron unos elementos importantes, que se le añadieron elementos inútiles. Los defensores del nuevo producto usan con frecuencia el mismo argumento: “es una adaptación, no puede ser totalmente fiel al original”. Y es cierto, pasar del papel a la película de 35 mm implica un cambio total del lenguaje y una forma muy distinta de interactuar con el consumidor.
El lenguaje escrito permite, además de una longitud mayor y más variable que la de una película, un énfasis en la psique de los personajes. Su propia naturaleza le permite divagar e indagar en las opiniones, experiencias, sentimientos de los protagonistas, leer sus pensamientos y construir unas personas sólidas, con un pasado, presente y futuro, y con unas decisiones que el lector puede entender debido a su conocimiento a profundidad de individuo. El lenguaje cinematográfico, en cambio, se ha acostumbrado a entretener, a dedicarse a no aburrir al espectador y lograr volverlo un sujeto inmerso en la historia. El lenguaje del cine exige más pragmatismo y no permite, o al menos no por mucho tiempo, una lectura explícita de los pensamientos de los personajes. Por eso uno de los grandes desafíos de las adaptaciones es tener que, al mismo tiempo, crear los personajes y ponerlos en situaciones donde tienen que actuar.

En “Dorian Gray” (2009), la película basada en el libro de Oscar Wilde tenía que lidiar con la construcción de la personalidad de un protagonista que desde el comienzo empezaba a sufrir una serie de transformaciones internas. La cinta no logró en el espacio dos horas crear el personaje cambiante a la vez que lo ponía en distintas situaciones que desafiaban quién era él, y por tanto el espíritu de Dorian Gray en el libro, donde empezaba como un joven moralmente correcto y terminaba convertido en un hombre sin ninguna consideración por el dolor ajeno, se perdió.
“Blindness” (2008), por su parte, no sufre tanto por la creación de sus personajes sino más por la narrativa audiovisual que asume en contraste con un libro (“Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago) que consume la mayoría de su espacio en reflexiones psicológicas y filosóficas sobre la humanidad, que son casi imposibles de traducir en hechos y actitudes de los protagonistas, y que serían un desastre si se asignaran a un narrador con voz en off.

Por su parte, “Satanás” (2007) y “Ángeles y Demonios” (2009), basadas en los libros homónimos de Mario Mendoza y Dan Brown, respectivamente, me parecen adaptaciones muy bien logradas, e incluso me atrevería a decir que en el caso de la primera la película logra mejorar lo que la novela le proporciona. “Satanás”, el largometraje, elimina por completo uno de los cuatro personajes cuyas historias conducen los sucesos del libro. El pintor cuya mano involuntariamente predice las enfermedades que aquejarán a los pintados es quizás la historia menos verosímil de las cuatro, y una cinta que trata de tocar las fibras del público mediante el realismo como “Satanás”, hizo bien en cortarla de raíz. “Ángeles y Demonios”, en cambio, entrega un final completamente distinto al libro y, acorde con la lógica cinematográfica, logra desarrollar un clímax y un desenlace propios que no son ni mejores ni peores que los del libro, son simplemente diferentes e igualmente de emocionantes para el espectador/lector.

Siempre habrá libros más fáciles o difíciles de adaptar que otros. Fáciles porque no tienen una longitud muy extensa ni muy corta, o porque, como “Los Hombres que no Amaban a Las Mujeres” (Stieg Larsson) o “Harry Potter y la Piedra Filosofal” (J. K. Rowling), se sostienen más por la sucesión de eventos y los twists en la trama, que por las descripciones detalladas o los debates filosóficos. Habrá otros, como el libro infantil de diez frases y varias ilustraciones “Where The Wild Things Are” (Maurice Sendak) cuyas adaptaciones no merecerán el título de “basado en” sino “inspirado en”. Pero en últimas la adaptación es posible, y hay varios casos en la historia del cine que lo demuestran. Es cuestión de saber lidiar con dos realidades distintas: la pantalla y el papel.
